martes, 20 de octubre de 2026

Tres dioses y un árbol

Por Rafael Angel Serra Colón

Cuando el hombre comió el fruto del árbol prohibido, Dios lo castigó a comer únicamente las frutas que están en el piso, eñangotándoee, con dolor y sacrificio, pero del fruto que está en el árbol no podrá comer ya que solo el que está libre de pecado podía comer del mismo. 

Jehová, el Dios de los Judíos, parece que no perdona. Al que peca lo castiga a tener que recoger el fruto que cae al piso eñangotándose, con sudor y sacrificio, por el resto de su vida hasta que muera. 

Alá, el Dios de los Musulmanes, parece que es más radical. Según la ley Sharia (islámica), al ladrón le cortan la mano para que más nunca pueda vovler a coger lo que no le pertenece.  Así que, según la ley islámica, todos los que se dedican a robar, terminarán mancos. 

El Dios de los cristianos reconoce que el hombre no es perfecto, que comete errores, y caerá en pecado por debilidad. También reconoce que el hombre tiene la capacidad de arrepentirse y enmendar dichos errores, de corregir y rectificar. 

Cuando Dios vino a la Tierra en el cuerpo de su hijo Jesús vivió en carne propia la condición de ser humano. 

Es por esto que Dios, por medio de su hijo Jesús, siempre está dispuesto a perdonar tus pecados, condicionado a que te arrepientas y rectifiques. Entonces, luego de que Dios te libere del pecado, podrás volver a comer del fruto que está en el árbol. 

Si vuelves a pecar, Dios te castigará de nuevo a comer de los frutos que caen al suelo, con dolor y sacrificio hasta que muestres arrepentimiento y rectifiques y pidas perdón otra vez. Entonces Dios te volverá a perdonar.  Así lo hará cuantas veces sea necesario. 

Pero cuidado, no te recuestes de que Dios te va a perdonar siempre para seguir pecando a propósito, ya que Dios perdona el pecado por debilidad, pero aborrece al que peca por maldad. Puedes caer enfermo y morir sin la gracia de Dios y entonces ser condenado a la agonía eterna del infierno. 

Por tal razón, Jesús te exhorta a arrepentirte de tus pecados, corregir y rectificar, para que Dios libere tu alma del peso del pecado y no tengas que comer más del fruto que cayó al piso, y puedas comer del fruto fresco que está en el árbol. 

No vivas en pecado por temor a que Dios nunca te va a perdonar. Dios siempre estará dispuesto a perdonar, siempre y cuando vea arrepentimiento y rectificación. 

“Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” dice el Padre Nuestro. 

Para ser perdonado, tienes que aprender a perdonar, comenzando contigo mismo. Tienes que perdonarte para que Dios te perdone. 

Por eso creo en el mensaje de amor y perdón de Jesús. No puedo seguir ninguna religión que no acepta la condiciòn del ser humano a cometer errores ni a darle oportunidad de enmendar los mismo y ser una mejor persona. 

Los que se pasan invocando religiones extrañas, leyes de tierras lejanas, y credos de civilizaciones extintas, tengan cuidado, que no es lo mismo llamar al Diablo que verlo venir.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Anécdota de un porteador de periòdicos de El Nuevo Día

 

Hoy domingo 27 de septiembre de 2026, salió la última edición impresa del periódico El Nuevo Día. 

Mi primer trabajo fue precisamente de porteador de El Nuevo Día cuando tenía 15 años.

Me levantaba todos los días a las cinco de la mañana para entregar los periódicos casa por casa. Luego me bañaba y pa la escuela. 

El periódico costaba 25 centsvos de lunes a sábado y 50 centavos el domingo.

Los días más malos eran los sábados y domingos ya que no tenía que ir a la escuela, pero como quiera tenía que madrugar para repartir los periódicos. 

El peor día era el domingo, ya que la edición dominical de El Nuevo Día era gigantesta y me tomaba más tiempo contarlos y entregarlos. 

Un domingo, me faltó un periódico y no se lo dejé a la casa que estaba al lado de la mía. Ese día, a eso de la una de la tarde el vecino me llamó para preguntarme por su periódico. Pensé darle el periódico de mi casa pero mis papás no me dejaron. Salí corriendo en la bicicleta a la farmacia de la esquina para comprar un periódico pero ya las habían vendido todas. 

Así que regresé a casa y no tuve más remedio que llamar por teléfono a El Nuevo Día. Desgraciadamente, a esa hora, el departamento de circulación estaba cerrado y no me cogían la llamada. Pero yo seguí insistiendo hasta que por fin me atendió alguien que tomó en serio mi problema. 

Era un señor de voz calmada a quien le expliqué lo que estaba pasando bastante nervioso. 

“No te precouoes.” Me preguntó el nombre del cliente. Le dije “Luis” a lo que comentó “Tocayo”. Y me pidió la dirección. Luego me dijo que no me preocupara que él se encargaba.

Como media hora después escuché la vocina de un carro frente a mi casa y alguien me llamó desde la calle.  “Rafael”. 

Yo salí a la marquesina y vi frente al portón de la marquesina de mi casa a Antonio Luis Ferré, dueño de El Nuevo Día. 

Al verlo me asusté pues pensé que me iba a votar. Pero, para mi sorpresa, convirtió el incidente en una experiencia de aprendizaje. 

“ Hola Rafael. Ya le dejé el periódico a tu vecino. No te preocupe; estas cosas pasan. La próxima vez que tengas que dejar sin periódico a un cliente, que sea alguien que vive lejos de tu casa para que llame al teléfono de servicio al cliente de El Nuevo Día y ellos llevarle el periòdico.”

“Gracias.”  Le dije sorprendido. 

Así mismo se montó en su carro y  se fue. 

Siempre recordaré cómo el dueño del periódico convirtió aquella experiencia negativa en una lección de aprendizaje que siempre cargo en mi memoria. 

Años después, mientras estudiaba periodismo en la Universidad del Sagrado Corazón, nos invitaron a una gira por el Nuevo Día y nos dieron un tour de las instalaciones y me sorpendió descubrir que la oficina de Antonio Luis Ferré era una pequeña sin lujos en la parte de atrás cerca de la imprenta. No era una oficina en un penthouse llena de lujos y desconectada del mundo. No, su oficina estaba inmersa entre las maquinarias de las operaciones diarias del periódico. 

Poco tiempo después, cuando ya trabajaba en Primera Hora, me crucé con él en un pasillo del edificio, y me saludó. 

“¿Cómo estás, Rafael? Me acuerdo de ti.”