domingo, 27 de septiembre de 2026

Anécdota de un porteador de periòdicos de El Nuevo Día

 

Hoy domingo 27 de septiembre de 2026, salió la última edición impresa del periódico El Nuevo Día. 

Mi primer trabajo fue precisamente de porteador de El Nuevo Día cuando tenía 15 años.

Me levantaba todos los días a las cinco de la mañana para entregar los periódicos casa por casa. Luego me bañaba y pa la escuela. 

El periódico costaba 25 centsvos de lunes a sábado y 50 centavos el domingo.

Los días más malos eran los sábados y domingos ya que no tenía que ir a la escuela, pero como quiera tenía que madrugar para repartir los periódicos. 

El peor día era el domingo, ya que la edición dominical de El Nuevo Día era gigantesta y me tomaba más tiempo contarlos y entregarlos. 

Un domingo, me faltó un periódico y no se lo dejé a la casa que estaba al lado de la mía. Ese día, a eso de la una de la tarde el vecino me llamó para preguntarme por su periódico. Pensé darle el periódico de mi casa pero mis papás no me dejaron. Salí corriendo en la bicicleta a la farmacia de la esquina para comprar un periódico pero ya las habían vendido todas. 

Así que regresé a casa y no tuve más remedio que llamar por teléfono a El Nuevo Día. Desgraciadamente, a esa hora, el departamento de circulación estaba cerrado y no me cogían la llamada. Pero yo seguí insistiendo hasta que por fin me atendió alguien que tomó en serio mi problema. 

Era un señor de voz calmada a quien le expliqué lo que estaba pasando bastante nervioso. 

“No te precouoes.” Me preguntó el nombre del cliente. Le dije “Luis” a lo que comentó “Tocayo”. Y me pidió la dirección. Luego me dijo que no me preocupara que él se encargaba.

Como media hora después escuché la vocina de un carro frente a mi casa y alguien me llamó desde la calle.  “Rafael”. 

Yo salí a la marquesina y vi frente al portón de la marquesina de mi casa a Antonio Luis Ferré, dueño de El Nuevo Día. 

Al verlo me asusté pues pensé que me iba a votar. Pero, para mi sorpresa, convirtió el incidente en una experiencia de aprendizaje. 

“ Hola Rafael. Ya le dejé el periódico a tu vecino. No te preocupe; estas cosas pasan. La próxima vez que tengas que dejar sin periódico a un cliente, que sea alguien que vive lejos de tu casa para que llame al teléfono de servicio al cliente de El Nuevo Día y ellos llevarle el periòdico.”

“Gracias.”  Le dije sorprendido. 

Así mismo se montó en su carro y  se fue. 

Siempre recordaré cómo el dueño del periódico convirtió aquella experiencia negativa en una lección de aprendizaje que siempre cargo en mi memoria. 

Años después, mientras estudiaba periodismo en la Universidad del Sagrado Corazón, nos invitaron a una gira por el Nuevo Día y nos dieron un tour de las instalaciones y me sorpendió descubrir que la oficina de Antonio Luis Ferré era una pequeña sin lujos en la parte de atrás cerca de la imprenta. No era una oficina en un penthouse llena de lujos y desconectada del mundo. No, su oficina estaba inmersa entre las maquinarias de las operaciones diarias del periódico. 

Poco tiempo después, cuando ya trabajaba en Primera Hora, me crucé con él en un pasillo del edificio, y me saludó. 

“¿Cómo estás, Rafael? Me acuerdo de ti.”

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